Bienvenido, has entrado a mi blog personal. En él encontrarás tanto mis vivencias, como mis escritos, libros de interés o el programa semanal de Luna de Cuentos que hacía cada martes en el CCF Radio (104.7 FM) y que presentaba con Toni Cruz.
Avanzó hasta el borde de la carretera y tiró el paraguas al suelo. La lágrima de una nube gris acarició su piel en mitad de aquel lluvioso día de otoño. Con el agua que emanaba del cielo y caía sobre sus mejillas, él trató de aliviar la enorme tristeza que sentía al ver que, ante sus ojos, cruzabas el verde semáforo y partías para siempre.
Tembló, ansioso, melancólico... No quería llorar, pero tu adiós le oprimía el pecho. Se resquebrajó por dentro. No podía dejar de pensar en ti, y eso que aun te veía a escasos metros.
Tu última caricia le vino a la mente, estremeciéndole el alma y adentrando en su corazón. No te dejó marchar. No quiso. Te retuvo entre sus brazos minutos antes, esperando tu perdón. Sin embargo, te fuiste de su lado porque creíste que te había olvidado. Le abandonaste, dándote media vuelta, bajo la inestable y continua llovizna que azoraba el ambiente, dejándolo mojado por las gotas de lluvia y las lágrimas que sentía como ardientes arañazos fundiéndose con su piel.
Una taciturna y entrecortada llamada azotó tu espalda cuando ya te hallabas casi al otro lado del semáforo, avanzando en dirección contraria a la suya y alejándote más de su mirada. Te paraste en seco. Simplemente te pedía una oportunidad y tú querías dársela. Sufrías por la lejanía que tú misma habías interpuesto entre ambos.
Una vez más, rogaba e imploraba tu perdón. Se disculpaba por no haberte sabido escuchar, por haberse comportado como un ser egoísta y sólo haber pensado en su trabajo y en nada más...
Con la voz ahogada, desde el otro lado del rojo semáforo, susurró tímidamente el comienzo de vuestra canción favorita. Aquella melodía con la que te ofreció bailar. Aquélla con la que te besó por primera vez.
Con el semáforo luciendo el color verde esperanza e iluminando tus aguadas pupilas, tu latido se detuvo. Al mismo tiempo, tu cuerpo convulsionó ante la añoranza de todos aquellos felices años de amor. Sabías que no podías vivir sin él. No podías dejarlo atrás. Tu vida estaba conectada con la suya, y jamás lo podrías, o querrías, olvidar.
Vacilando, te giraste lentamente mientras recordabas el contacto de sus labios. Mientras te hablaba con el alma abierta, expresaba sus sentimientos. Como antaño, sus ojos embaucaron a los tuyos. Los viejos tiempos asaltaron tu mente. Incluso rememoraste el momento en el que tú eras lo más importante en su vida y el trabajo no lo era todo. Vuestras pieles sensibles, por la falta de contacto, lloraban la ausencia del espacio que os separó su ascenso. La angustia afloraba a cada palabra de remordimiento. Olvidaste lo malo y le sonreíste con la verde esperanza del semáforo que os iluminaba, y sin saber que estaba a punto de expirar.
Ya lo habías perdonado. Supiste que le darías una nueva oportunidad al ver su sonrisa. Él también lo vio en tus ojos, por lo que, sin pensarlo, dio un paso hacia delante para cruzar y acortar así vuestra infinita lejanía, dejándose la vida en el semáforo, bajo la roja luz que le sorprendió y las lágrimas de un definitivo adiós.
Con esta entrada número 100, os dejaré con un relato que, como siempre, he llevado previamente, junto a otros muchos, al registro de la propiedad intelectual. Esta historia es prácticamente un monólogo, pese a que interviene otra persona. También lo he arrastrado a las cercanías del acento de mi tierra (sin exagerar mucho) y he dejado que el personaje principal, Luis, cuente lo que, en un día, puede llegar a ocurrirle en su trabajo. Espero que os entretenga, y guste, en estos tiempos de crisis.
[ Podéis escuchar su interpretación en:
Córdoba Club de Fútbol Radio 104.7 FM, cada martes en Luna de Cuentos]
Vivencias
de un Fontanero:
–Vaya,
Manué, vaya. Siempre te lo digo. Mi trabajo no se lo recomiendo a
nadie.
–¡Anda,
ya, hombre! ¡Que no es tan malo!
–¿Qué
no? Mira que si yo te contara todo lo que me pasó ayer... se te iban
a caer los calzoncillos. O eso diría yo que pasó en casa de una
mujer, pero en el triturador de la comida.
–¿Sí?
–No
te quiero ni contar toito lo que me ocurrió...
–A
ver, cuenta, cuenta... –Bueno, esto no se lo chismorrees a nadie, Manué, que te conozco desde chico, que estabas en clase con mi hijo y confío en ti.
–Soy
una tumba. Ya lo sabes.
–De
acuerdo. Ayer por la mañana, el Pepe, el carnicero, me llamó cuando
estaba en la fontanería arreglando un termo. Me ordenó que dejara
el trabajo y me fuera corriendo a su portal, que era muy urgente y
que si patatín, patatán. El caso es que dijo que me iba a pagar muy
bien y que si me encontraba con su esposa no le comentara nada.
–¿Está
con otra?
–No,
tú calla y escucha. El caso es que cogí el coche y me planté allí.
Encontré aparcamiento rápido y pensé que iba a ser un buen día.
Pepe ya se encontraba allí, esperándome. Al bajar, lo noté muy
nervioso y me contó lo sucedido. Al parecer, antes de irse a la
carnicería, se le cayó el anillo de matrimonio por el fregadero de
la cocina. Y tú bien sabes que la Lola, su mujer, es una tía de
armas tomar.
–Seguro
que lo mata si se entera... Ja, ja... La Lola es mucha Lola...
–Eso
pensamos. El caso, chico, es que me dijo que su mujer suele ir los
martes a la peluquería. Y, según ella, llega muy tarde a casa.
Tanto que el Pepe me contó que no suele tener la comida hecha, que
siempre se la trae él del chino, del burger o de donde sea...
–pausa.
–Sí,
dime.
–Bueno,
el caso es que subimos y abrimos la puerta. Hasta ahí todo bien...
–silencia.
–¿Y?
–Pues,
en principio escuchamos a alguien y creímos que todavía estaba la
Lola en casa. Nos ves ahí, a dos tíos con los huevos negros,
actuando como niños y ocultándonos por la casa, rodando por el
suelo, detrás de los muebles, escondiéndonos... Bueno, un show.
–Ja,
ja... ¿Y os pilló?
–No,
Manué, no. Más bien pillamos a la Lola con el cartero. Ya sabes,
haciendo horas extra. Horas que estaba claro que yo, en esos
momentos, no iba a cobrar porque el horno no estaba para bollos. Se
armó el petate. Tuve que agarrar al Pepe por la espalda, incluso
encaramarme a él, porque se tiraba encima del menda con el cuchillo
ese de partir costillas y demás huesos. Hacha, creo que se llama. No
sé, no tengo ni idea de esas herramientas.
–¿Y
cómo pudiste con esa fiera, Luis? ¡Si nos saca dos cabezas!
–Eso
me pregunto yo, cómo pude...
–Bueno,
no llegó a pasar nada, ¿no?
–Gracias
a que Dios no quiso y a que le concedió dos buenas piernas al
cartero. ¡Si lo hubieses visto correr! ¡Madre de Dios! Era un
galgo. Desnudo, canijo y corriendo escaleras abajo con nosotros
detrás. Yo por supuesto, enganchado al becerro del Pepe. Ese hombre,
te juro que era capaz de tirar de mí y de siete tíos más.
–Una
buena anécdota la de ayer.
–¿Una?
¡Ay! Si solo fuese una...
–¿Es
que hay más? –se sorprende Manuel.
–Mi
trabajo es una mierda. Y de verdad.
–No
será para tanto. Dentro de un tiempo lo recordarás y te reirás
como te he dicho.
–Eso
espero. Te cuento lo del triturador.
–Vale
–se sientan en unas sillas que hay en la sala.
–Estaba
con mis labores una vez más.
–¿Con
el termo?
–Sí,
con ese mismito –sonríe–. El caso es que era algo personal entre
él y yo. Su dueña lo quería cambiar y nos echamos una apuesta. Si
lo arreglaba, me pagaba el doble. Lo pactamos. Nos faltó la sangre y
to. Pa terca ella, terco yo.
–¡Vaya
apuesta! ¿Ganada entonces?
–Hoy
era el último día para entregarlo y ya, con lo de ayer, llevaba las
de perder. Después de ese incidente con la Lola y el Pepe, me
quedarían unas seis horas de trabajo en él y tenía más quehaceres
en la fontanería.
–Pues
lo terminarías por la noche. Hay que ganar a la señora y sacarle
los cuartos.
–Eso
pensé. Ya te contaré eso al final. No he dormido nada.
–Vale.
–El
caso es que me volvieron a llamar. Una señora muy finudis. Me contó
que se le había caído no sé qué tela fina al triturador, que
fuera ipso facto a la dirección que me dio. Así que, agarré mis
herramientas y puse rumbo al destino con las indicaciones del tomtom,
ya que me lo regaló mi hija y aún no lo había probado. ¡Vaya
cacharro inútil! ¡Me hizo dar tres vueltas más de la cuenta por no
estar actualizado!
–Hombre,
Luis... Esas cosas deben actualizarse... Ja, ja... ¡Eres un carca!
Te tengo dicho que te modernices.
–No
me toques las pelotillas, Manué...
–Venga,
va. Sigue contando, cariño.
–Llegué
después de dar cinco vueltas para encontrar un aparcamiento en el
culo del mundo. La señora abrió con los rulos puestos y un chucho
de esos blancos con miles de pelos en la mano. Vamos, que no salí
por patas al verlos porque me habló y vi que era una persona.
–Ja,
ja... ¿Pero tan fea era?
–No lo sé, chico. No lo sé. La capa radioactiva de
potingues verdes que llevaba encima del careto, y la bata rosa
chicle, me impedían ver si era humana...
–Exagerao...
–Si
la hubieses visto, verías que la he descrito igualita. Bueno,
continúo.
–Claro,
claro.
–Mientras
el chucho pulgoso me ladraba, la señora me confesó, en plan
pudoroso, que a la chica que le viene a hacer la colada se le cayó
cierta lencería fina, masculina, al triturador que le había
regalado su hijo de no sé qué país extranjero... Ya sabes, Manué,
que yo de Despeñaperros parriba no he pasado. Pa mí hasta Madrid ya
me suena lejos.
–Lo
sé, lo sé, carca.
Luis
hace un amago de pegarle y Manuel se aparta, vivaracho, pidiéndole
perdón con las manos.
–El
caso es que me lié a currar en la dichosa maquinita con la señora
detrás, metiéndome presión y diciéndome que como la estropease,
no me pagaría... Eso no era normal. Una marabunta enredá de
tubos... ¡Madre mía! Ese cacharro debía ser único. Justo cuando
al fin encontré el de la trituradora de comida, lo abrí y salió
disparao, por ahí, un chorro tan negro como el alquitrán. Bueno, me
manché yo, se llenó la señora hasta los rulos... Otro show.
–Ja,
ja...
–Ella
marchó a cambiarse muy enfadada y yo continué ahí, lleno de ese
mejunje extraño parecido al petróleo. Pensé que, en esos momentos,
si alguien llamaba a la puerta y salíamos a abrirle los dos con el
chucho, si fuese yo el individuo, saldría corriendo...
–Seguro.
–Bueno,
tras mucho meter los dedos por el tubito, logré al fin palpar la
tela y agarrar la prenda fina de su marido. Una vez que asomó un
poco, me lié a tirar y a tirar, y a tirar... Nada. No salía. Eso se
encontraba atrancaito, Manué.
–¿Pero
de qué estaba hecha?
–No
lo sé, pero te aseguro que de fina no tenía nada. Ni la marca.
Seguí intentando sacarlo aunque se rompiera. En el instante en el
que lo logré, la cañería explotó y se dispuso a expulsar agua,
llenando así toa la cocina. ¡Bueno! ¡Eso era del color del fango!
El blanco suelo cogió un colorcillo marroncito muy misterioso.
Luego, el hedor que emanaba de la prenda... Insoportable. Así pues,
miro el calzoncillo y... veo que está lleno de palominos... ¡Qué
asco! El señor de la casa se había cagao ahí, ¡seguro! ¡Una
porquería!
–¿Se
lo diste?
–No,
más bien se lo lancé.
–¿Y
eso?
–Llegó
el chucho por detrás y me mordió mi sagrada entrepierna. Entonces,
del sobresalto, lancé los gallumbos patrás, con tan mala suerte que
la anfitriona, que volvía, se los llevó en toda la cara.
–Ja,
ja... –Manuel no puede parar.
–No
te rías tanto, que aquí la gente está muy seria, hombre...
–intenta callarlo Luis.
–Es
que lo que cuentas es muy bueno... ¿Y cómo acabó el día?
–Pues
con “Puchipuchi” lleno de heces, como la dueña tanto me
gritó que estaba el chucho. Ella irritada y llena de defecaciones de
su esposo y yo con un dolor de pelotillas increíble y sin cobrar.
Menos mal que mi Chary me compra calzoncillos de algodón gordito,
porque sino, ese enano pulgoso me hubiese afeminao como a ti...
–¡Qué
cabrón eres!
–Pero
con estilo, ¿eh?
–Bueno,
te lo paso porque sé que en el fondo te gusto y me quieres como a un
hijo –Manuel golpea a Luis en el hombro.
–Tanto
como a mi trabajo... –le da dos palmaditas.
–¿Y
por eso estás aquí o qué?
–Sí.
A ver si encuentro algo mejor.
–Mejor
que nada es lo que tienes.
–Esa
es la razón de mi aguante hasta encontrar algo, chico.
–¿Y
por eso nada más estás aquí?
–No,
es que simplemente también me he cansado de sacarle las mierdas a
todo el mundo. Ya hasta a mi hijo, Manué...
–¿Y
eso cómo es?
–Tu
sabes que se rejuntó hace unos días con su novia, ¿no?
–Sí.
Buena muchacha. Pronto se casan, ¿verdad?
–El
año que viene.
–¿Y
qué es lo que ha pasado?
–Pues
ya sabes. Ellos se llevan muy bien, se quieren, tal que cual, pero
Manué, los problemas en la convivencia salen a la luz y la muchacha
es más limpia que Jaspe, que a saber quién fue ese buen señor que
en boca de todos está.
–¿Y
esa es la terrible divergencia?
–No,
que tú sabes que mi Alfonsín es un primor de limpio. La cosa es que
ayer mismo, por la noche, le entró un apretón. Un retorcijón de
esos de apaga y amonos. Y la novia llegaba del trabajo con ganas de
entrar al servicio para hacer un pis y ducharse. Bueno, pues aparte
de que tuvo que esperar, se le atrancó el “inodoro” al niño.
–¿Y
qué ocurrió?
–Pues
nada, la muchacha tuvo que pedir permiso para entrar a casa de la
vecina mientras su suegro, es decir, yo, me tragaba toda la mierda de
mi hijo.
–¡Qué
buen padre!
–¿Bueno?
¡Con dos cojones, diría yo!
–Exagerao...
–Mira,
que mi Alfonsín no ha cagado más en toa su puñetera vida. Yo con
el desatascador, los productos... Bueno, y eso venga a emerger
parriba... Las diez de la noche y yo sin comer ni cenar y de mierda
ya hasta las orejas...
–Pero
también lo solucionaste, ¿no?
–Bueno,
si solución le llamas a que “el trono” comenzara a rebullirse y
ha hacer pompas...
–Ay...
para Luis... que con esto ya no como en una semana...
–El
episodeo terminó con los tres limpiando todo lo que había rebosado.
¡Hasta los cristales, Manué! Y todo porque el vecino de abajo lo
tenía atrancaito también.
–¿Y
no hacía ese tipo nada por impedirlo?
–Estaba
de vacaciones y sigue con ellas. Así que ahí tienes a mi niño,
avergonzado, pidiéndole disculpas a su novia y maldiciendo al vecino
que no viene hasta el mes que viene. Ahora solo pueden hacer aguas
menores. Y él sigue con el retorcijón, ¿eh?
–¡Vaya
por Dios!
–Por
eso te digo, Manué, mi trabajo es una mierda. Yo cuando me hice con
el oficio de mi padre, me creí que iba sólo de fregaderos y
tuberías sin importancia, pero no. Ya has visto que siendo
fontanero, tu vida y tus pelotillas pueden correr peligro en los
hogares ajenos, que hay ropa con palominos hasta en las tuberías y
que ni en casa, a deshoras, puedes relajarte. Que tienes que sacar la
mierda hasta a tus hijos cuando deberías estar descansando...
–Bueno,
Luis, me queda un número para que me toque.
–¿Y
cuánto llevas en el paro, dices?
–Desde
la crisis. Menos mal que trabaja mi novio. Que sino... a la calle.
–Yo
a ver si encuentro otro mejor, que tengo ganas de quitarme de este
oficio...
Le
toca el turno a Manuel y Luis permanece en el asiento, esperando los
doce números que aún le quedan por delante.
Vuelve
el joven y se despide de Luis.
–Por
cierto, ¿y qué pasó con el
termo?
–Pues por mis Santos Cojones que se lo llevé
a tu madre esta mañana y funcionaba, niño. Así que dile que me lo
ingrese pronto en la cuenta, que este trabajo es una puñetera
mierda.
Foto del diario Córdoba con los presentadores y el autor.
Hoy hablaré del libro de Julio Merino. Pero antes de dar mi opinión sobre "El Príncipe Republicano", adjuntaré un enlace de "Campanas de Córdoba" con parte de la biografía del autor para quien quiera saber más.
Obra:
Quizás algunos piensen que se trata de una novela atrevida y desafiante, pero yo creo que no ha pretendido ofender a nadie, ni dañar. Al contrario, hay momentos divertidos con personajes famosos y políticos. Lo que Julio ha hecho, a mi entender, es coger la realidad, darle una visión de futuro, cambiar los acontecimientos (aunque... ¿quién dice que no pueda ocurrir y sea como un deja vu?), y darle mucha ironía a una novela política. Aquí, el escritor y periodista de raza presenta a un príncipe: republicano, luchador y con voluntad; que defiende sus ideales y pelea por ellos. Siempre apoyado y respaldado por su esposa.
Julio Merino respondiendo al coloquio que hubo tras la presentación.
Sobre la novela en si, es decir, sobre la trama, no contaré mucho, ya que el propio título dice qué nos cuenta. Solo daré mi punto de vista. Es una novela política, pero pese a ello, es amena y entretenida. Muy actual. Una persona apolítica y desconectada de ese mundo puede leérsela sin aburrirse, ya que muchos de los personajes son conocidos. Y ya no solamente los personajes. Los propios periódicos nacionales toman vida y papel en esta novela. Hay personajes curiosos como "ZP" o "Isabel Pantoja", los cuales, cierran la mayoría de los capítulos. Salen cadenas de TV, radios, gente importante, políticos como: Mariano Rajoy, Julio Anguita, Jose Mª Aznar, Felipe González... y personas del mundo periodístico como F. Luis Córdoba, director del DIARIO CÓRDOBA, Rosa Luque, Juan Luis Galiacho... etc.
Bajo mi punto de vista, los discursos del príncipe son lo más emotivo de la novela. Y conforme esta va avanzando, tienen más toque de humanidad y deseos de prosperidad para el pueblo español.
Julio Anguita.
Creo que en este libro no existen partidos políticos, aunque no pare de hablarse de ellos. Hay algo más. Una conciencia de unidad por el pueblo. Un juego, como el autor dice, político-literario que nos hace pensar "qué es lo importante". O mejor dicho, lo que nos debería importar a los españoles, ya seamos estudiantes, amas de casa, carpinteros, policías, comerciantes o políticos. Es recomendado para republicanos, monárquicos, apolíticos y políticos. Se trata de una novela entretenida.
He recibido hace poco una historia narrada por Marga Ribera, una mujer de pasión por las letras que, recientemente, se acaba de aventurar con su primera incursión en este loco, extraño, ilusorio y magnífico mundo de las letras, publicando con "un café con literarios" su obra: "Cuando soy más de lo que ves".
Es una historia cruda y real que llega al alma. Su fácil lectura hace que no tengas que detenerte ni un solo momento para poder leerlo tranquilamente. También trae sentimientos cueles que vivimos a diario en esta sociedad, ya sea por la televisión, por algún vecino o por vivencias personales.
Aquí se narra la vida de Irene, una mujer a la que la infancia y la juventud trató bien. Sin embargo, el amor la atormentó con sangre y mal. El final está descrito con un toque mágico que, particularmente me ha gustado puesto que hace ver que en la dura realidad, todos podemos sucumbir ante nuestros propios miedos y ser víctimas de ellos mismos.
Es recomendable, de fácil lectura como ya he dicho, entretenido y bonito. Una historia tan real como la vida misma, tan amarga como el más amargo de nuestros sentimientos.
Tu mirada puede tratarse de un arma eterna, efímera o contradictoria. Puede ser un mundo o la nada. A través de ella, puedes desprender la frialdad de un universo contrapuesto o la dulzura de un paraíso inmortal y cercano. Tu mirada puede ser una virtud. Con ella velas los sueños del que amas, o atormentas a quien en silencio, con ella, te daña. También, esta te delata o te ensombrece. Todo depende de como quieras a tu alrededor divisar, o de como te osen observar. Los ojos pueden declarar tu odio más interno e intenso o tu amor más secreto, tu alegría más viva o tu tristeza más oculta. Un susurro puede irse por tus pupilas a modo de suspiro, o por ellos pueden derretirse varios corazones silenciosos y cautelosos. Yo de tus luceros me encandilé y a ellos por siempre me amarré. Porque de tus ojos me hice dueña en la claridad del día y bajo tu mirada soy prisionera de tu amor. Porque te veo y me ves, porque, sin tu pretender, lanzaste sutiles y suaves caricias sobre mi piel. Cariño, mientras duermes, te observo y te fundo con una tierna y pasional mirada. Y sé que, cuando despiertas, la unión de nuestras visiones espanta todo mal que se posa en el mundo. Tú y yo, juntos, destruimos el tiempo y nuestro alrededor, inventando así un nuevo e idílico lugar, perdiendo la humanidad y simplemente deseándonos, el uno al otro, mirar.
Es la primera vez que asisto y, respecto a la gala en sí, salí encantada. Presentó Jesús Vigorra y actuó el grupo de "Medina Azahara". Luego, también nos deleitaron con su música otro grupo muy original. "O'sister". Hablaron las autoridades y el director de Diario CÓRDOBA, Francisco Luis Córdoba, entre muchos otros.
No contaré muchas cosas porque ya todo está escrito en el diario y porque lo viví todo como una simple espectadora que acude por primera vez a un lugar para, simplemente, observar. He de decir que tuve el honor de compartir mesa con Julio Merino y Francisco A. Carrasco, entre otras personas amables. Me alegra haber ido y compartido este espacio(tanto temporal como de lugar) con gente interesante. Ya que todos, para bien o para mal, así lo somos.
Foto del diario CÓRDOBA a algunas personas asistentes a la gala.
Hace ya un tiempo atrás, escribí un pensamiento-reflexión sobre la hipocresía. Pero no como palabra en sí, sino como si fuese un término persona, una posible descripción de tantas de sus variantes.
1. Hipocresía:
Hoy, tengo “el honor, el placer y la alegría”(ironía) de hablar en este post sobre algo que nos rodea en el día a día, a pesar de que queramos ponernos una opaca y negruzca venda en los ojos y decirnos que no. Vamos a dejar de mentirnos y de mentirles a los demás.
La hipocresía creía, en principio –quizás en mi tierna infancia–, que provenía de aquellos seres humanos que son tus enemigos de “tapaillo”. Es decir, aquéllos que por no decirte que algo no les gusta –es decir, tú–, te dicen lo contrario y, luego, “rajan” de ti a sol y a sombra.
Sin embargo, he aprendido que la palabra hipocresía... Perdón, perdón. Repito. Sin embargo, he aprendido que la palabra <<HIPOCRESÍA>> abarca fronteras más amplias e inmensurables de lo que imaginaba. Ya no solamente puede ser alguien que te tenga recelo por algo o te quiera hacer quedar mal –o ya quiera quedar bien ante ti–, sino que alcanza, remonta y se alza hasta a los más allegados y, a veces, en algunos casos y por desgracia, afecta hasta a la propia sangre. He descubierto que la verdadera hipocresía no va dirigida a los desconocidos –no, ¿para qué?–, sino que va dedicada a los conocidos.
Según el diccionario que sostengo entre mis manos, dice así:
Pues eso... a mi entender, se queda muy corto ante ese ente, vil y rastrero, que está hecho el hipócrita por naturaleza. Hay quien dice: “una mentirijilla piadosa no es mala”. ¿Quién sabe en algunos casos?. La cuestión es que para el sujeto "fariseo" es su pan de cada día, su ropa, su misa, su biblia, su lengua y su TODO...
Lo malo es que al espécimen del que hablamos no le va eso de la piedad. A veces, ni la amistad, ni la lealtad. Le “tira” más el CARPE DIEM. Así pues, dicho sujeto se desplaza hacia sus víctimas con una sonrisa, con normalidad y con soltura. Ya sean familiares, amigos o compañeros de instituto, de universidad, de trabajo... etcétera. Éste, a la cara, todo te lo expone de forma fresca, creíble... En general, el buen hipócrita es un actor envidiable y lo deja todo muy bonito. No obstante.... Cuando te volteas, debes proteger tu espalda o, una vez que acuerdes, tendrás diez cuchillos, cien dagas, mil espadas y millones de flechas incrustadas, desangrándote.
También, otra cosa en la que suele entretenerse este ente es en pasar de ti cuando le requieres –creyéndole amigo, claro está– y en criticarte junto con otros de su misma calaña. Y, a poder ser, se despachan a gusto. A estos les concedo el grado 1º de mi ranking –ya que dentro de esta ralea hay subgrupos–.
Luego, están seguidos de cerca por aquéllos que pululan alrededor de las broncas ajenas y solamente desean meter cizaña y llevarse bien con todos. Ser los guays del grupo.
Por último, vienen los del tercer puesto –que no significa que por ello sean los menos dañinos–. Este enjambre incluso puede llegar a lastimar más al sujeto opuesto, ya que éste confía en su palabra. Dicho grupito está formado por aquella gente que crees que te ayudará en todo. Ellos mismos te dicen que sí, que vale... Bla-bla-blá.
–¿No sabrán que hay formas de comprobar que no lo han hecho y que las mentiras tienen las patas muy cortas?–
Eso ya sin mentar que hay algunos que, cuando les dices que no quieres algo, van y lo hacen a lo grande, sin piedad, sin remordimiento y sin pensar en que te duele la boca de decirles y repetirles que NO. Sus respuestas, es decir, sus acciones a tus peticiones, suelen ser muy fáciles. En lo que pides un “sí” obtienes un “no”. Un “no” pasota, despreciable y asqueroso que se restriega en la cara como un tartazo de.... Vamos a dejarlo en merengue. Y, lo que ruegas como un “no”, te lo convierten en un... "eres nada y lo hago para jo..." Perdón. Digamos: "fastidiarte" con un “¡síííí!”.
A éstos es difícil diferenciarlos de los primeros. Pero ahí van. Incluso a veces se mezclan u obtienen todos los rangos. ¡Guau! ¡El que lo tiene todo sí que puede considerarse un fariseo mayor! Ja, ja, ja... Ironía.
Os animo a deteneros en frío y a pensar en las alabanzas de los que más os importan, pues lo demás debe darnos igual. Ahora... Esas palabras de esa gente a la que quieres, ¿son reales y sinceras? ¿De corazón? ¿Pelotilleras? ¿Hipócritas? Espero que resuenen en tu cabeza las dos primeras preguntas. Serás una persona con suerte.
Yo, en mi mundo personal, tengo gente que me ayuda a construir la base de mi edificio con piedras, con cemento, con un pico, con una pala y con mucho sudor bajo el enhiesto sol. Se hallan ahí, a mi lado, ayudándome. Sin embargo, alrededor de estas bellas personas que me quieren con SINCERIDAD, pululan, entremezclándose a veces, una manada de fariseos de pluma de pavo real que callan cuando hablo y solamente permanecen ahí, andando, ignorando mis esfuerzos... No me dicen nada bueno. Pero sí me pretenden hacer daño. Sé que mi espalda lleva el peso de las cien dagas incrustadas en mi piel... Las yagas, aunque crean estos entes que no, escuecen en demasía.
“No hay nada glorioso, que no traiga algo nefasto.
No hay nada nefasto, que no te aporte un beneficio”
María del Pino.
Mi pesar ha sido el dolor que me ha causado la ausencia de algunas personas, su falta, en algunos momentos mientras que mi cura, mi alivio, es y ha sido el hecho de saber que he quitado la venda que me oprimía en la sórdida ceguera del cariño y la buena fe, demostrándome así, quién es quién.
Con estas palabras, quiero decir que al hipócrita, del hoy y del mañana, responderé durante un tiempo siguiéndole el “rollo”. Si acaso, dándole una oportunidad más si lo veo conveniente. Y a pesar de que ahí me halle, si no cambia, me desvaneceré y, pronto, muy pronto, ya no me verá. Sé que me engaña y que ya no le creeré más.
La escritora cordobesa María del Pino aprovechó la festividad de San Fernando Rey para leer en público y ante la fachada principal de la Iglesia de Santa Marina de las Aguas Santas ( una de las 12 iglesias que mandó construir Fernando III el Santo tras conquistar Córdoba en1236) capítulo de su última novela, "Don Fernando. La eterna unión", con la que ha cerrado su "Trilogía de Córdoba". María estuvo acompañada por el escritor Alberto Monterroso, el pintor Fernando Torres y el cantante David Blue, que entusiasmó, con canciones llenas de amor y poesía relacionadas con Córdoba, a las numerosas personas que acudieron al simpático acto para que la escritora les dedicase su novela.
También aprovecho para agradecerle de corazón a esos tres grandes artistas que me acompañaron y a las personas que acudieron, ya fuese todo el tiempo que duró el acto, o acercarse solo a la firma.